Introducción campaña In their chichimecs name

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Mi querido Profesor Harvey,

Extraños tiempos son los que nos ha tocado vivir. Usted sabe que esta depresión económica que nos acucia nos obliga a tomar derroteros extraños. Unos optan por el suicidio, como aquellos infelices que en el jueves negro se arrojaron al vacío, otros optan por la delincuencia; y otros, como el que suscribe, se ven arrojados, erráticos, vagabundeando por los mares más extraños para poder tener una sola oportunidad de comercio que logre levantar la maltrecha situación en la que me hayo.

No querría extenderme más en penurias y llantos inútiles, por ello pasaré a exponerte el motivo de esta misiva.

Ya sabes que por mi condición de marchante de arte y de antigüedades, he dado con mis huesos en Japón, esta perla sin explotar en la que he depositado mis ansias de libertad económica. Estando cerrando un trato por un interesante lote, encontré un viejo manuscrito con una Historia que seguro te interesará.

Los legajos, aunque en un japonés algo anticuado, eran perfectamente leíbles por cualquier que tuviera la suficiente cultura como para juntar estos símbolos de mierda. Y créeme, mi caro amigo, que cuando agitas una bolsa de dinero la cultura o las ganas de tenerla afloran por todos lados. Volviendo al tema que nos ocupa, el manuscrito relataba una fabulosa historia.

Todo comienza en una noche cerrada, una noche donde la luz parece sentenciada a muerte si se atreve a salir al reino de lo oculto. El hijo del Shogun, Takeshi, encalla en una isla cuando huía de piratas coreanos. Se dice que allí encontró a una pequeña niña agarrada a una pequeña estatuilla. Por más que intentaron hablarle en todos los idiomas que entre Takeshi y los guardias sabían, aquella indefensa criatura no dijo nada.

Takeshi, que según relatan las crónicas, era un filántropo por naturaleza decidió embarcar a la niña con él, y al alba partieron rumbo a la isla del sol naciente. Aquí el relato se difumina, pues se pierde en vagas acusaciones sobre quien debería haber estado de guardia esa noche, pero los papeles cuentan como la tripulación se despierta bajo una espesa niebla. Trataron en vano de divisar la isla pero no había rastro de la misma, tras unas acusaciones bastante olvidables, el relato acaba con una despedida. Es para su mujer, dice que cuide bien de sus hijos pues el mundo ha comenzado a ser demasiado extraño para él, demasiadas verdades han sido reveladas, debe partir hacia donde es llamado.

Supongo que una vez llegado hasta aquí, estarás acordándote de toda mi progenie por hacerte perder el tiempo en tonterías. Siempre has sido igual de impaciente amigo mío.

Todo hubiera pasado como una anécdota más, si revisando las piezas del lote que adquirí no hubiera topado con un tapiz donde aparecía una estatuilla muy extraña. Primero porque a pesar de ser tan sólo un detalle dentro de la gran composición donde aparecía, resaltaba de una manera tan particular que hacía que tu vista se dirigiese inmediatamente a su posición, segundo porque encajaba perfectamente con la estatuilla que describían en el relato, tenía grabado los mismos símbolos. Como mi curiosidad no conoce límites (nunca sabes dónde puede haber negocio estimado compañero) y el dinero abre las mismas puertas que ganas de tener cultura, decidí realizar unas pequeñas pesquisas. Sin duda le gustará lo que descubrí.

Resulta que la tierna Himiko fue adoptada por el Shogun. Aunque toda la alegría pronto se desvanecerá, como suele ser habitual en este campo minado al que llamamos destino, pues el hijo del emperador de la poderosa China cayó perdidamente enamorado de nuestra joven conocida. Fueron frecuentes los viajes de éste para conocerla mejor, a pesar de que la niña, ya toda una mujer, todavía no había soltado ni palabra. Tantos viajes hizo – y tantas ganas tenía el Shogun de mejorar las relaciones con China- que se pactó un matrimonio.

Pero cuando llego la fecha de hacer valido el mismo, como si de una tragedia del mismísimo Shakespeare se tratase, Takeshi se había desposado en secreto con la joven. Por todos es conocido que ordena más los corazones jóvenes frente al amor que los generales frente a las tropas, que suenan más los latidos por amor que las balas pero que por desgracia se gobierna mejor con los ejércitos que con los sentimientos, así pues estalló la guerra.

Para gran sorpresa de todos, Himiko, se puso al frente de todas las batallas. Dicen que fue herida tantas veces como palabras había pronunciado en su vida. Hasta que un día, un maestro shaolín traído con el ejército chino le consiguió herir en la mejilla. Nadie supo cómo aquel maestro tatuado, que no dejó de repetir un mantra durante la batalla, consiguió arrancarle ese pedacito de esencia vital. Pero sea como fuere, la joven dejo caer dos gotas de una sangre verde y espesa en la tierra. Aunque aquí las fuentes son muy difusas, todo se reduce a caos, a la tierra convirtiéndose en un limo negro, a chillidos que no parecían de este mundo y a la guardia personal del Shogun encerrando a la desdichada Himiko en la cárcel imperial. Durante tres días con sus tres noches estuvo la chiquilla chillando, quizá por primera vez en su vida, en un idioma que ninguno de sus carceleros entendía.

Pero, en la tercera noche se relata que un ejército de samuráis mitad pez, mitad humano recubiertos de algas salieron del mar para, con furia justiciera, rescatar a la joven doncella. La matanza que describen las escasas fuentes que he podido consultar supera con creces a la vivida con el Bakumatsu.

Las pocas fuentes que he podido consultar son un conjunto de pequeños desastres, pocas coinciden en quienes fueron los emperadores involucrados, algunas más en la descripción de la batalla, bastantes en el relato del misterioso ejército que la salva, pero lo que en todas coincide es: en la descripción de la estatuilla y en las últimas palabras que dijo Himiko: si queréis mi poder, me encontrareis en el país donde los dioses caminaron bajo el sol y el mar de la quinta edad.

Y hasta aquí todo lo que he podido averiguar, mi estimado Harvey, supongo que después de tus sucesos en Dunwich y tus relatos sobre aquella ciudad “no euclidiana” (siempre he querido saber a qué mierdas te referías, todo sea dicho) en el Océano Pacífico, te interesaría esta historia.

Por desgracia el tiempo apremia y no puedo explayarme más sobre los tesoros que he conseguido para vender en mi humilde galería. Por ello, te convido a reunirte conmigo en Boston la semana que viene. Estaré allí con todos los materiales para que puedas examinarlos, trae algunos muchachos si quieres para que te ayuden a cargar todo, quizá lo que encuentres sea…como decirlo…voluminoso.

Tu amigo que te quiere,

Allen Hollubar

El extraño personaje cerró la carta y se la dio a un joven que permanecía impasible a su lado.

– Y con esta última carta mí querido Ned Land, terminamos nuestra labor. Ahora sólo hay que esperar que los japoneses, rusos y chinos lleguen a Boston. Cuando su particular “subasta” haya acabado, habrás aprendido una bonita lección de economía.

Allen se levantó del asiento y poniéndose los guantes de piel se dirigió hacia la puerta.

– Vamos Ned, asegurémonos que la carga está bien. No quiero más sorpresas antes de que nuestros amigos tengan su romántica velada en Boston…

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